LA SECRETARIA



Por Jorge Spinoza






El rostro no tan bello de Eréndira se hubo reflejado difuso sobre la metálica superficie de la puerta del ascensor; miró que su cabello recogido estuviera en orden. Brotó el recuerdo de su madre y sus palabras. Cuando niña, su madre, para quitarle el enojo del doloroso cepillado hirsuto, le decía: «La belleza cuesta». La puerta del elevador se abrió en el tercer piso, iluminado en tono azul, donde se encontraba el cuarto de copiado. Eréndira caminó por el largo pasillo. Un cuchicheo masculino inició con su llegada. Ella hizo su andar a sabiendas de ello; sus tacones altos pisaban elegantes, sus piernas en medias de nailon ocasionalmente rozaban y al hacerlo sonaba como una brisa. El vestido del gris conjunto ejecutivo, tan ceñido, daba la oportunidad a los mirones de clavarse en tan torneadas y redondas nalgas. Su pecho lo resguardaba en los papeles que llevaba a fotocopiar. Los hombres sacaron fuera de los cubículos sus cabezas, descuidando las llamadas de los contratistas y de los pedidos que marcaba el computarizado sistema de órdenes. Eréndira vio que la pantalla de servicio de la copiadora indicaba que el papel en todas las bandejas se había terminado; desempacó las hojas del stock y se empinó para colocarlas sobre la bandeja inferior. Detrás, ella sentía las miradas, incluyendo a la cámara de seguridad cuando el sonido giratorio de ésta se detuvo. Abrió la cubierta superior de la fotocopiadora y la luz alcanzó a dibujar accidentalmente la mano al apoyarse sobre su cristal. Desechó esa copia y colocó la primera hoja del encargo sujetándola con la mano derecha. En tal postura, inclinó su cuerpo hacia enfrente por el cansancio. Al fotocopiar la vigésima hoja salió aparte un reacio mechón del copete entre su cabello acicalado. Observó aquello que tenía tan inmediatamente cercano a ella y por segunda ocasión en el día, se acordó de su madre.
 

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