Los pájaros y los cerdos

por Alberto Chimal


Ilustraciones de Geroca


1

En el burdel de animales –el más conocido de la ciudad de Morosa– las fantasías de los clientes cambian con el tiempo; sólo unas pocas persisten más allá de uno o dos años. Entre las que llegan y desaparecen más rápidamente destacan las que tienen que ver con películas, programas de televisión o, de vez en cuando, libros que se ponen de moda; es necesario a veces dedicar pisos enteros del edificio a una sola de ellas.

Una de las más llamativas se volvió popular en los años sesenta: hubo que amueblar de forma austera –y como si fuera una sola habitación–un piso completo; luego, llenarlo con pájaros (no necesariamente de la misma especie, pero se prefería que fuesen más o menos del mismo aspecto y del mismo color: ejemplares de varias especies de gaviotas, por ejemplo, o de córvidos), colocarlos contra una pared y espantarlos en el instante preciso en que las clientas (siempre eran clientas) entraban por una puerta abierta en la pared opuesta. Cada una llegaba sola, vestida con un traje severo y una peluca rubia que simulaba siempre el mismo peinado rígido y lustroso. Desde afuera, por ventanas disimuladas que en este caso se empleaban sólo para vigilar que no les sucediera nada grave, los empleados controlaban la “puesta en escena” y las observaban ver la ola de plumas que se les venía encima, gritar o contener los gritos, tenderse en el piso y cubrirse apenas con los brazos, apenas para dar la impresión de que se defendían.
Todas salían no sólo con heridas numerosas, sino muy decepcionadas. El placer de la entrega, decían, siempre con palabras semejantes, era mucho menor de lo que habían supuesto.


2

La historia que antecede adquiere un sentido distinto, por lo demás, cuando se le compara con la siguiente, que sucedió más de veinte años después de que el piso de los pájaros hubiera quedado en el olvido.
La clienta llegó muy temprano, cuando casi acababa de anochecer, y fue recibida sólo porque se le esperaba y había pagado una generosa cantidad para no tener que respetar los horarios habituales. Ya para entonces, y también luego de un gasto enorme y semanas de trabajo, un piso entero estaba decorado como en los años sesenta. La clienta era mayor y mucho más gruesa que la mayoría de las usuarias iniciales del cuarto de los pájaros, pero estaba vestida de la misma manera y llevaba una peluca como las de aquellos tiempos; un empleado que recordaba dichos tiempos, y cuyo sobrenombre era el Pelos, la miró de arriba abajo mientras se preparaba; minutos después dijo a un amigo suyo:
—Fea como la chingada.
—¿A poco? —preguntó el amigo, a quien se conocía como el Manotas.
—Y gorda. Además cuando me vio que la estaba viendo se me echó encima. ¡No así, güey! —el Manotas ya se reía— Se puso a decirme que quién sabe qué, que ella, que lo que había sufrido…
En realidad, lo que la clienta había dicho fue:
—Sí, señor, ya sé que no me parezco a ella. Ya sé que soy vieja y que soy fea. Toda la vida lo he sabido. Desde que tenía su edad. O sea, la de ella. Desde entonces. Y toda la vida me han machacado que soy así, y que jamás en la vida voy a poder ser de otra manera, porque hay personas que nacen con la belleza, que la tienen desde el principio, y otras que no la vamos a tener jamás. ¡Jamás! ¡Y yo ya lo sé! Por más operaciones que me pudiera hacer, por más rebanadas y recortes, ya lo sé. Y toda la vida me la he pasado sufriendo por eso, y ya sé que así va a ser de fijo: me conozco el cuerpo, me conozco la cara, y ya sé que si yo viniera con pájaros, como ella, ¡sería grotesco, daría asco! Ya lo sé. Por eso no vengo con pájaros. Por eso no vengo a hacerme la que busco el placer, no vengo a hacerme la que me entrego, ay, así, lánguida… No. Por eso no. Por eso les di todos mis ahorros para que me dieran lo que quiero. Por eso les pedí… —la voz se le quebró— ¡Por eso voy a desquitarme de todos, les voy a dar lo que quieren, les voy a enseñar que no me importa…!
El Pelos se había quedado mirándola.
Y ella había concluido: —Una vez le dije a Imelda que me gustaba eso, lo de ella, y todo lo que Imelda me pudo decir fue que cómo se me ocurría, que con el cuerpo que tengo… ¡Así que ahora vas a ver, Imelda, vas a ver cómo me va con el cuerpo que tengo! ¡A ver si te da gusto cuando te enteres, cuando me tiren enfrente de tu casa, para que veas cómo me fue con el cuerpo que tengo…!
Un rato más tarde, el Pelos consiguió pasar a la zona de observación del cuarto de los pájaros y vio todo a través de las ventanas disimuladas. Tenía la idea que los cerdos estaban entrenados para comer carne humana: había visto en una película que la mafia se deshacía de sus víctimas dándoselas a comer a una piara hambrienta y de ese modo no quedaban huellas. Sin embargo, los cerdos –veinte de ellos, pesados, espantados por un par de empleados que los azuzaban con picanas– no se comieron a la clienta, quien estaba tendida boca abajo en el suelo, más bien en el centro del cuarto y no en un extremo, y que no había dejado de llorar: sólo pasaron sobre ella muchas veces, atropellándose, chocando con las paredes, incapaces de salir del cuarto y corriendo cada vez más rápido.
Aquello tardó mucho más tiempo de lo que el Pelos había previsto, pero la clienta no flaqueó: no pidió que detuvieran a los cerdos, y en realidad no dijo una sola palabra: sólo hasta poco antes del final dio un grito ahogado, que se confundió con los chillidos de los animales. El Pelos se sintió un poco mal al ver todo aquello y también al notar la expresión de indiferencia de los dos que espantaban a los cerdos: ya los conocía y eran tipos dispuestos a cualquier cosa por un poco más de dinero.
La peluca voló en los primeros minutos, y la ropa quedó hecha pedazos, también, mucho antes de que los encargados recibieran la orden de ya no azuzar más a los animales.
El Pelos acompañó a la camilla mientras la bajaban al estacionamiento, pudo asomarse debajo de la sábana que cubría al cuerpo y pudo escuchar también cómo la administradora del burdel decía al dueño:
—Le digo que eso que les metieron es tremendo.
—Entonces —respondió el dueño— no los mandamos al mercado, los matamos y los tiramos.
—¿Está seguro que está todo arreglado? La señorita esta, cómo se llama, Imelda no sé qué, la que nos según nos va a ayudar a taparlo…
—Que sí, Isabel, que sí, todo está bien. Dile a Jorge que se lleve el coche hasta el kilómetro…, a ver, espera, el kilómetro…, cuál me dijo… —y sacó una hoja de papel del bolsillo de su saco, pero el Pelos decidió apartarse del grupo que rodeaba a la camilla: el chofer esperaba ya al final del corredor, y además acababa de aparecer el Manotas. El Pelos fue hasta él y se lo llevó a un rincón.
—La clienta no es clienta —le dijo, riendo.
—¿Cómo que no es clienta?
—Te digo que no es clienta, güey. No es mujer.
—¿Cómo sabes?
—Ve y vele. Levántale la falda. Vele ahí.
Pero el Manotas respondió:
—¡Yo qué le voy a estar viendo! —y no hubo razones ni amenazas que lo llevaran a confirmar la observación, por demás sensacional, que había hecho el Pelos.
 

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