
Por Rodrigo Pérez Rembao
I
El juego empezó el día que tronaron a Sergio, hace como cinco meses. Debe haber sido un viernes cuando me habló por teléfono.
-Güey, ¿qué vas a hacer en la noche? Vamos por una viejas.
Días antes me había dicho que las cosas iban cada vez peor con Susana, entonces supe que esa llamada llegaría en cualquier momento.
-Vamos al Eclipse –le dije-. Ahí se pone bien.
Lo conocí en la universidad. Entramos en el mismo semestre y llevamos varias clases juntos. Primero éramos sólo compañeros de salón, luego nos convertimos en cómplices de desmadre, amigos y ahora socios. Lo oí mal, al cabrón, pero al menos se notaba que quería salir a distraerse. Buen síntoma. Colgando marqué el teléfono de Ramiro, le conté lo de Sergio y le dije cuál era el plan. Yo sabía que no iba a dudar para apuntarse.
-¿Qué tal aquéllas? Son tres pa’ tres.
-Nada mal -dijo Ramiro saboreándoselas una por una-. La de rojo tiene unas tetas riquísimas... con dos minutos que te las prestara tendrías para olvidarte completamente de Susana, carnal –dijo observando a Sergio.
-Eit, tranquilos, que a ésa es a la que le gusté.
-No me digas, cabrón, ¿y luego? ¿Al menos vas a ir a decirle algo? –preguntó Sergio.
Me paré y fui hacia ellas caminando despacio para darles tiempo a que me vieran.
-Hola, soy Manuel –les tendí la mano y ellas dijeron sus nombres un tanto sorprendidas. Mi atención se acomodó en la de rojo: Karina. O Karla. Oigan, estoy en aquella mesa con unos amigos. Hace un rato que las vimos y hablábamos de ustedes... vine a preguntarles si se quieren sentar con nosotros.
Al principio nada más se reían y no decían nada.
-¿Y qué estaban diciendo, cosas buenas o malas? –preguntó al fin la que parecía liderear al trío.
-Buenas, por supuesto, ¿de qué otra manera se puede hablar de tres chicas como ustedes?
Las tres sonrieron complacidas y dijeron cualquier cosa, pero sin articular nada.
-¿Por qué no vienen y platicamos? Aunque sea diez minutos, si no les caemos bien se regresan a su mesa y no pasa nada.
Se rieron, echaron un vistazo hacia donde estaban mis amigos con cara de “somos simpáticos, comprensivos y podemos pagar una botella de whisky”, y al fin dijeron que bueno, que órale pues, que en cinco minutos irían con nosotros.
El Eclipse es uno de esos lugares que intentan ser chic sin lograrlo, lleno de wannabes profesionales de quienes uno se puede reír toda la noche: sus poses, su “estilo” y sus fallidos intentos por verse bien. Pensé que sería un buen lugar para divertirnos, pero también, y sobre todo, pensé en que no hay mujeres más fáciles que las wannabes.
En pocos minutos nuestras nuevas amigas llegaron a sentarse con nosotros. Presenté a mis amigos y, mientras ellos acercaban sillas de otras mesas, jalé del brazo a Karina o Karla para ubicarla junto a mí. Les dijimos que éramos arquitectos y teníamos un despacho, lo cual es cierto, pero exageramos cómodamente cuando les contamos sobre los supuestos proyectos –millonarios todos- que estábamos llevando a cabo.
-Pues qué trabajadores y exitosos –dijo alguna de las tres, poniendo su pieza en el rompecabezas obedientemente.
Seguimos platicando naderías hasta vaciar la botella. Para entonces yo había bombardeado a la vieja que me tocaba para ablandarla. “Me encantas”, “¿dónde habías estado todo este tiempo?”, “Quiero ser el padre de tus hijos”… Babosadas de ésas que una mujer nunca se cansa de oír. Sergio estaba llamando al mesero para pedir una botella más, pero lo detuve.
-Vamos mejor a mi departamento, ahí tengo trago –les dije.
Se voltearon a ver entre ellas, como pidiéndose permiso una a otra, hasta que aceptaron.
Besé a Karina-Karla durante todo el camino a mi departamento.
-Oye, espérate, ¿qué vas a pensar de mí? Si nos acabamos de conocer...
Es imposible llevar la cuenta de las veces que he escuchado esa misma estupidez.
-¿Te molesta que te bese? –suelo contestar.
-Claro que no, no es eso, pero... ¿así eres siempre de acelerado?
-Lo sería si todos los días conociera a alguien como tú.
-De seguro tienes un montón de novias y a todas les dices lo mismo... ¡Coqueto!
Entonces sigo besándolas, si no, no dejan de hablar. Minutos después, el carro se detuvo frente a mi departamento. Puse música, saqué vasos y un par de botellas que estaban ahí desde la última fiesta y decidí ir directamente a mi recámara con Karina-Karla.
-Se quedan en su casa, eh.
Sin ropa, esta cabrona se veía aún más buena y yo cogí como si al día siguiente se me fuera a caer el pito. Ahora que lo recuerdo me pregunto por qué nunca le llamé por teléfono… Ese día, el único que no cogió fue Sergio. A la mañana siguiente nos contó que a la hora de la hora Susana se le atravesó por la mente y le frustró el numerito.
-Nomás hice el ridículo -dijo frustrado-. Por más que intenté concentrarme no lo pude levantar. Pinche Susana, la traigo bien metida.
El siguiente viernes volvió a llamarme.
-Vamos por viejas, güey, tengo una espina que sacarme.
La escena se repitió casi igual: mismos güeyes, mismo bar, mismo whisky y mismo final en mi departamento, salvo por el detalle de que, para fortuna de Sergio, ahora sí se le paró.
-¡Toma, puta, para que veas que ya me vales madre! –lo oímos gritar de recámara a recámara mi vieja y yo.
-¿Qué le pasa a tu amigo? –preguntó interrumpiendo el manoseo.
-No tengo idea, pero no te preocupes... ven.
-No, ve a ver qué tiene –dijo nerviosa. Luego se paró de la cama, asustada.- ¿Le está gritando a mi amiga?
Era inevitable que saliera a ver qué pasaba.
-¿Qué pedo, cabrón, qué traes?
-Pues que ya me la peló Susana, güey... –dijo saliendo del cuarto, al borde de las lágrimas. Luego volteó hacia la pared, donde tal vez estaba imaginando la cara de su exnovia– ¡Y está más buena que tú, pinche celulítica de mierda!
Ramiro y yo nos cagamos de risa, pero a las viejas no debe haberles causado mucha gracia, porque se vistieron alegando que éramos unos maniáticos y salieron azotando la puerta. Ni modo, cualquier día nos conseguiríamos otras, lo importante era que a nuestro compadre ya se le había pasado la tristeza y eso había que celebrarlo.
-¡Salud! – les dije.
II
Una vez que descubrimos la minita de oro teníamos que aprovecharla al máximo. No dejábamos pasar ni un fin de semana sin ir al Eclipse para luego ir a mi departamento. Qué tiempos aquellos en que todo era coger y coger como animalitos de Dios. Lo malo es que todo termina por aburrir cuando se vuelve costumbre. Por eso un día se me ocurrió algo distinto.
-Vamos metiéndole una lana para hacerlo más emocionante.
-¿Cómo? –preguntó Sergio.
-Sí, vamos a ver quién es el más chingón para las viejas.
-¿Y cómo lo medimos? -entró Ramiro al quite.
-Está fácil... que sea como carrera de velocidad. Llegamos y cada quien que haga su recorrido: detecta a la presa, la aborda, le dora la píldora y si es el primero en darle un beso gana. Sin forzar a la vieja, se entiende... nada a huevo.
-¡No mames! –dijo Ramiro, muerto de risa.
-Yo sí le entro –apuntó Sergio.
-¿Quinientos cada quien para empezar? –siguió Ramiro.
-Va, el que gane esta primera ronda se lleva mil varos. Pero tiene que traer aquí a la vieja para que los otros dos lo vean –les dije.
Como era de suponerse, gané la primera apuesta.
-Ni hablar, muchachos, buen intento –me burlé divertido y extendí la mano frente a sus narices.
Gané también la segunda, pero una semana después Sergio me arrebató el tricampeonato. La competencia se fue haciendo más cerrada. Incentivados por las apuestas, Sergio y Ramiro aprendieron rápido el oficio y se empezaron a apuntar victorias, aunque con recursos sucios. La vez que Sergio ganó por primera vez fue con la hermana gorda de Lyn May. Ramiro y yo alegamos que esos esperpentos no eran parte del juego, pero él dijo que esa cláusula no existía y su triunfo era legítimo. Tenía razón y no tuvimos más remedio que pagarle, aunque no sin echarle en cara que era un cerdo. Una semana después Ramiro ganó con un espécimen que, con su corpulencia, podría convencer a cualquiera de que el futbol americano es un deporte mixto.
A partir de entonces empezó lo que después llamamos nuestro servicio social. La competencia seguía, la apuesta aumentaba, pero lo mejor de todo era darle unos minutos de felicidad a todas aquellas mujeres que nadie había besado en la vida.
Esa noche no parecía más que una entre tantas. A las diez, en el Eclipse, estaban ocupadas todas las mesas, excepto una: la que teníamos reservada permanentemente a cambio de consumir al menos una botella de whisky por noche.
-Bueno, señores, ¿de a cuánto va ser hoy? –les pregunté.
-Que sea de dos kilos –dijo Sergio.
-Va –coincidió Ramiro.
-De dos pues –rematé terminando de un trago el resto de mi whisky.
Ramiro se levantó al instante y fue hacia una mesa llena de gordas. Sergio y yo nos levantamos enseguida, pero esta vez no nos tocaba ganar. Fue demasiado rápido: quince, tal vez veinte minutos y la tenía doblada. Tiempo récord.
-Quinientos, mil, mil quinientos, dos mil pesos –fue diciendo Sergio mientras ponía un billete tras otro en manos de Ramiro.
Hice lo mismo y luego no me quedé con ganas de preguntarle:
-Ya tenías a esa pinche gorda checadita desde antes, ¿verdad?
Ramiro no dijo nada, pero su risa fue elocuente.
Brindábamos por la ganadora de la noche cuando, escondida entre la gente, encontré su mirada penetrante. Ahí estaba, observando y sacando conclusiones sobre lo que veía. Nunca nos habían descubierto el juego.
-¡Hijo de tu rechingadísima madre! –le dijo a Ramiro al pasar junto a él y darle un codazo.
-¡Uuuta, güey! –dijo Sergio con un gesto de risa cínica y falso arrepentimiento antes de soltar una gran carcajada.
-No mames, está de la chingada –dijo Ramiro con la mirada perdida, provocándole un ataque de risa a Sergio.
Ramiro se sintió de veras mal y dijo que mejor nos fuéramos.
-Güey, no te claves, pues si nomás es una gorda... mañana se compra un litro de nieve, una bolsa gigante de Chetos y se le olvida –le dije-. Además la botella está enterita, no la chingues.
-Eso es cierto –dijo Ramiro con una cara chistosísima-. Pues a la chingada, vamos a matar esa botella.
No nos dimos cuenta de que nos iban siguiendo hasta que se nos cerró el Malibú y Sergio casi se estampa contra él. Todavía no nos reponíamos del susto cuando vimos que del carro bajaron dos gorilas empistolados.
-Buenas noches, jóvenes, ¿a dónde van tan rápido? Bájense tantito... pa’ platicar, ¿no?
-¿Qué pasa? ¿Qué quieren? –preguntó Sergio aferrado al volante y con voz pastosa.
-Queremos que se bajen tantito a platicar, ¿pues qué no oíste?
Estábamos cagados de miedo y no teníamos intención de desafiar a dos neandertales con armas de fuego, así que les hicimos caso.
-Usted dirá, señorita –gritó uno de los changos viendo hacia un punto lejano-, ¿qué hacemos con los nenes?
Hasta entonces vi que también una Liberty negra nos había seguido y que de ahí se bajaba nada más y nada menos que la mismísima gordinflona de hace un rato. Tras ella aparecieron otras tres o cuatro amigas de la misma rodada.
-A ver, Lolo, a estos, por lo pronto, hágamelos a un lado para que no me estorben –le dijo al primate-. Y a este cabroncito –se acercó a Ramiro, le puso la jeta enfrente y le escupió en la cara-...a este cabroncito agárremelo bien, por favor.
Lolo obedeció a su jefa y fue a ponerle a Ramiro una escuadra en la sien.
-¿Y entonces cómo era tu cortejito, Don Juan? Te parecía yo muy interesante, muy sexy, ¿no, pendejo? –entonces le sacó la cartera del pantalón y fue sacando billetes de uno en uno, contando en voz alta–. Quinientos, mil, mil quinientos... cuatro mil pesotes... ¡Qué buen negocio, cabrón!
Ramiro tenía la cara descolorida, le temblaba el gesto y escurría baba de la gorda.
-No lo tomes personal, es una pendejada entre estos y yo.
-¡No sabes cuánto me alivian tus palabras, güey! –y fue a sorrajarle un rodillazo en los huevos que lo tiró al suelo y provocó carcajadas en sus secuaces.
Luego ordenó a su guarura que llevara a Ramiro a la camioneta y lo encuerara. El otro no dejaba de apuntarnos a Sergio y a mí.
-Pónmelo de colita, que ahora me toca jugar a mí. Vengan, las invito –agregó repartiendo a sus amigas los billetes que antes habían estado en la cartera de Ramiro- vayan haciéndolos rollito, porque se los vamos a meter a mi galán por el culo.
-No mames –dijo Sergio en voz baja.
-No, no mames –se solidarizó el guarura número dos.
Las gordas estaban felices con su travesura. Brincaban de emoción, agitando sus carnes fofas y gorgoreando entre ellas. Desde donde nos tenían, Sergio y yo no podíamos ver cómo convertían a Ramiro en alcancía, pero oíamos sus gritos. Más que el culo debe haberle dolido el orgullo. Unos veinte minutos después las gordas terminaron de hacer su depósito y tiraron a Ramiro al piso. Mientras el pobre güey se dolía en el suelo los bodoques se subieron a la camioneta festejando y pusieron música a todo volumen. Los distinguidos caballeros del Malibú se guardaron las pistolas y corrieron a sus puestos para continuar la escolta. Ambos carros arrancaron haciendo escándalo.
-Qué poca madre tienen estas hijas de puta –dijo Ramiro mientras lo ayudábamos a levantarse y subirse el pantalón.
III
Desde que le quitaron la virginidad, Ramiro no era el mismo. Se le iban las horas insistiendo en que esa pinche gorda se las iba a pagar. No se podía hablar con él de otra cosa que no fuera su venganza. Al principio Sergio y yo lo apoyamos. Le dijimos que contara con nosotros para lo que fuera. Si quería que nos la puteáramos, nos la íbamos a putear entre los tres. Si se la quería putear él solo, nosotros se la deteníamos para que le acomodara su chinga. Estábamos puestos para lo que quisiera. Pero luego la pensamos bien y nos dimos cuenta de que hubiera sido una pendejada. Si esa pinche gorda había sido capaz de meterle a nuestro amigo ocho billetes por el culo era por algo.
-No, pinche Ramiro... pon tú que la encuentras y le metes la chinga que estás pensando –le dije-, pero, ¿no te has preguntado de quién será hija esa culera?
-Sí, güey –dijo Sergio-, nomás acuérdate de los guaruras. No ha de ser cualquier cosa meterte con esa vieja. Yo digo que mejor ni le busques, nos puede ir peor a los tres.
Ramiro nomás decía que no con la cabeza y manoteaba desesperado porque sabía que teníamos razón. Poco a poco fue dejando atrás el tema, pero con la frustración no podía. Las gordas se fueron convirtiendo en su obsesión. Cada vez que veía una se empezaba a quejar en voz alta para que lo escuchara. “Mira nada más qué poca vergüenza la de esa puerca.” “¿Cómo se atreve a andar por la calle con esas lonjotas?” “¡Se vale cagaaar!”. Sergio y yo veíamos de veras mal a Ramiro y pensábamos que tenía que hacer algo para sacar tanto coraje guardado.
Un día Sergio me llamó para contarme una idea que se le había ocurrido.
-¿Y si conseguimos un chivo expiatorio?
-Ah, chingao, ¿cómo?
Para entonces Sergio se había reconciliado con Susana y casi no salía con nosotros. Nos contó que un día se le apareció en casa para pedirle perdón. Que estaba arrepentida, que no dejaba de pensar en él, que lo quería mucho y estaba dispuesta a hacer lo necesario para que la perdonara. Eso fue lo que él dijo antes de confesarnos que habían vuelto a ser novios.
-Pensé que ya la había olvidado, pero cuando volví a verla se me frunció... ésa es la verdad.
-¿Y qué, güey, ya no hay pedo con que tenga celulitis?
Sergio no aceptó la broma y respondió muy serio, viéndome como si me fuera a tirar una mordida:
-Nos vamos a casar el año que entra, ya lo platicamos.
Cuando habló para contarme su idea del chivo expiatorio pensé que lo hacía sólo para que supiéramos que seguía pendiente de nosotros y no se había desconectado del todo, para demostrar que seguía siendo nuestro amigo y no sólo un compañero de trabajo.
-Entonces, ¿qué dices? –insistió- ¿Se lo proponemos?
Ese mismo día nos reunimos los tres en mi casa para discutirlo.
-¿Cómo que un chivo expiatorio? –preguntó Ramiro-. No entiendo.
-Mira... –dijo Sergio adueñándose de la situación- Se trata de que una gorda represente a todas las gordas del mundo.
-Ay, no mames.
-¡Sí, güey! Tu pedo es no poder ver una porque te pones como fiera. Mira, lo que pasó es que, por culpa de una gorda que te jodió, ahora odias a todas las que se cruzan por tu camino, ¿no? Bueno, pues con esa misma lógica, lo que te digo es que, si lograras vengar aquella chingadera te librarías del trauma que te hace odiarlas y te reconciliarías con ellas. O sea, hay que sacrificar una gorda para salvar a las demás.
Sergio estaba inspirado y entre pendejada y pendejada nos estaba convenciendo.
-¿A poco servirá? –preguntó Ramiro.
-A huevo, yo he oído que así le hacen los psicólogos para curar a sus pacientes.
-Estás mamando, ¿no?
-No, cabrón, lo digo en serio. Para enfrentar un problema primero hay que hacerlo concreto, materializarlo. Sólo así se puede atacar y vencer.
-No pierdes nada con intentarlo –sugerí-.
Sergio se puso de pie, fue por tres cervezas más al refrigerador, las repartió abiertas y continuó solemne.
-A ver, empecemos con la siguiente pregunta: ¿Por qué odias a las gordas?
Sergio lo vio con cara de pocos amigos y no le contestó.
-¡Es en serio, güey! Hazme caso y dime por qué les tienes tanto coraje a las gordas.
-¡Pues tú sabes por qué, cabrón! ¿O prefieres que recree la escena contigo para que entiendas mejor?
-Sé muy bien por qué las odias, pero es importante que lo digas, así que déjate de chingaderas y contesta: ¿Por qué odias a las gordas!
-Porque una de ellas me metió unos billetes por el culo –respondió al fin Ramiro en voz baja y con la mirada puesta en su cerveza.
-¡Exactamente! Te metió ocho billetes por el culo. Y no sólo eso: fue bastante claro que ella y sus amigas se divirtieron cantidad haciéndolo, ¿o no?
Ramiro tenía la mirada endiablada y los puños apretados.
-Sí, se la pasaron a toda madre, las hijas de la chingada.
-Dime qué sentías, Ramiro. ¿Fue humillante? ¿Te dolió? ¿Qué hubieras hecho si no hubieras tenido a alguien apuntándote a la cabeza? –bombardeó Sergio.
-Le hubiera partido su madre a la hija de puta.
-¿Sabes qué? Yo también le hubiera partido su madre. Le hubiera pateado las lonjas hasta que no me quedaran más fuerzas en las piernas... Porque se lo merecía, la culera.
-¡Claro que se lo merecía!
-¿Tú también le hubieras pateado las lonjas?
-¡Las lonjas y todo su maldito cuerpo!
-¿Harías eso con cualquier gorda que se te pusiera enfrente?
-¡Con cualquiera! Todas son iguales.
-¡Claro que todas son iguales!
Sergio gritaba y daba puñetazos a la mesa, aparentemente igual de enojado que Ramiro.
-¿Y sabes por qué todas son iguales? ¿Sabes por qué todas serían capaces de meterte billetes por el culo a ti, a mí o a este cabrón? –dijo Sergio señalándome- Porque son una bola de mal cogidas. Están acomplejadas porque nadie las voltea a ver más que para reírse de ellas.
-Claro, ¿quién chingados va a tener ganas de cogérselas!
-¡Nadie! Y ése es su mayor trauma, pinche Ramiro. Por eso buscan otras formas para llamar la atención. Algunas se creen muy inteligentes, otras se sienten las más simpáticas del universo...
-Todas son una mierda –lapidó Ramiro.
-Todas –dijo Sergio-. Lo que no está bien es que esto se te haya convertido en una obsesión. Manuel y yo hemos estamos de acuerdo en que no eres el mismo. Te nos amargaste, maestro. Y pues... somos tus amigos, te queremos alivianar. Que te reconcilies con las gordas en realidad me vale madre. Lo que Manuel y yo queremos, como tus brothers, es que se te quite lo amargado y vuelvas a ser el de antes.
-Entiendo.
-Así que tienes que desquitarte con cualquier pinche gorda... O no, no con cualquiera, será mejor que escojas una que sea particularmente insoportable para que saques mejor el coraje.
-Tengo una vecina que es insoportable –dijo Ramiro viendo la pared. En sus ojos y en sus manos haciendo fricción se veía que planeaba algo-. Nada más de verla me dan ganas de estrangularla.... aunque debe ser muy difícil, con ese cuello de hipopótamo que tiene. Las manos hinchadas, los brazos cortos y la espalda cuadrada. Se viste con ropa que la hace verse mucho más grande. Además tiene bigote y le suda. Pero lo peor de todo es el gesto que hace... te ve con una mirada alzada, como queriendo decirte que está por encima de ti; con una de esas sonrisitas disimuladas con las que uno aparenta saber algo que los demás ignoran.
-¿Cómo para patearla hasta que berree?
-Hasta que reviente.
-¡Perfecto! Ahí está tu medicina, ya nada más es cuestión de que empieces con tu tratamiento.
Pasaron varios días sin que tocáramos el tema. Una mañana Sergio y yo discutíamos un presupuesto cuando Ramiro entró a la oficina, puso un periódico sobre el escritorio y antes de salir nos pidió que leyéramos una nota.
LA GOLPEAN POR GORDA
Una mujer fue golpeada brutalmente anoche en su propia casa por un desconocido enmascarado. Marta Larios Mendizábal, de 34 años de edad y complexión robusta, dice haber salido de trabajar alrededor de las siete de la tarde para dirigirse a su domicilio, después de una ardua jornada laboral. Minutos más tarde abría la puerta de su hogar, ubicado en Av. Universidad 1936, colonia Copilco El Alto, cuando apareció entre los arbustos un hombre con el rostro cubierto por una máscara de Halloween y un tubo en la mano. La víctima declaró no haber tenido tiempo ni para gritar y pedir auxilio, ya que el atacante se le echó encima para taparle la boca, dejándola sin oportunidad de defenderse.
Según la declaración presentada ante el Ministerio Público, durante el ataque, el agresor se burló de la mujer y su gordura al cantar “No quiero oro ni quiero plata, yo lo que quiero es romper la piñata”, al mismo tiempo que impactaba violentamente el tubo contra su cuerpo.
La señora Bernarda Domínguez, de 58 años y vecina de la perjudicada, dijo que desde su casa escuchó los cantos del atacante que se mezclaban con gritos y otros ruidos: “Primero se me hizo raro escuchar que había gente en casa de Marta, porque casi nunca tiene visitas. Luego oí que el hombre cantaba y le decía “pinche gorda, a ver si ya te pones a dieta”.
Marta Larios está siendo atendida en el hospital López Mateos, ya que presenta heridas y graves lesiones en el rostro, así como abundantes golpes de tubo en el pecho, el vientre y la región lumbar que le causaron fractura de clavícula y tres costillas.
Las autoridades policíacas informaron que hasta el momento no existen pistas que revelen la identidad del atacante pero aseguran que se investigará el caso a fondo hasta dar con él.
Cuando terminó de leer, Sergio no aguantaba la risa.
Ramiro regresó silbando una tonada y se recargó en el marco de la puerta con un claro gesto de satisfacción.
-¡Te felicito, cabrón! –le dijo Sergio, abrazándolo como a un hermano menor.
Yo hice lo mismo y le dije que me daba mucho gusto que las cosas volvieran a ser como antes.
Ramiro ha vuelto a ser el mismo de siempre. Desde aquel día se ha topado con cualquier cantidad de gordas y no se le ven ganas de lanzarse contra ellas. Incluso ha demostrado ser capaz de darles las buenas tardes y cederles el paso. Pero aunque parece que ya todo está superado, conozco a Ramiro y sé que es un tipo sensible, vulnerable, así que no dejo de advertirle que con ese tipo de mujeres siempre hay que tener cuidado. Afortunadamente, él siempre ha mostrado atención a lo que le digo.

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada