Rosa venus o las maneras de ser cuerpo




Por Maritza Buendía



...los espejos y la cópula son abominables,
porque multiplican el número de los hombres.
Jorge Luis Borges






El sonido de los tacones de Cautiva llama la atención del joven recepcionista: cansado de repasar todos los canales de la tele, encontrarse de pronto con una mujer alta, vestida de negro y blusa escotada es para distraer a cualquiera. Cautiva sabe que es observada desde el momento en que cruza el umbral del Hotel Riviera, o desde antes: desde que el viejo portero le hizo con la mano una señal de bienvenida, o desde que el taxista reacomodó el espejo retrovisor, o desde que el mesero le sirvió la última cerveza del dos por uno.
Cautiva cree que el hecho de estar aquí es todo un logro: una escritora como ella no puede permanecer por horas tendida en una cama, acechando la idea que dé forma a sus palabras; a una escritora como a ella de nada le sirve acomodarse ante una computadora si antes no ha vivido lo que va a escribir. Hace más de una semana que terminó su etapa Wolf y no le sentó nada bien: por más que buscó elementos para sumergirse en la tristeza y desgarrarse el alma no le apeteció cortarse las venas o tirarse en las aguas de un río. También fracasó la operación Yourcenar: demasiada erudición la mantuvo atada a las páginas de los libros, devolviéndole una sensación de extrañamiento y derrota, seguro alguien ya había escrito lo que ella pensaba. Acaso le agradó la prosa Nin, pero la intensidad de su vida la amedrentó y aunque lo hubiera querido no podía imitarla: no tenía padres, ni esposos, ni amantes. Tampoco sicoanalistas.
Mas por algo hay que empezar. Cautiva repasa su Decálogo del cuentista e inicia por donde recomiendan todos los manuales de Cómo se escribe un cuento: elegir un nombre. Esa tarde permanece por más de dos horas dándole vueltas al mismo asunto: su nombre se lo imagina como una pelota de tenis que lanza a la pared para recibirlo con las manos abiertas. Y así es. Ya no más Alondra Ruiz (su verdadero nombre). Ahora se llama Cautiva.
Cautiva sonríe, cree que ni siquiera a Joyce se le hubiera ocurrido semejante nombre; adjetivo vuelto sustantivo, no tan vulgar como Violeta, no tan enigmático como O, no tan complicado como Amaranta. Cautiva: justo el nombre para una escritora, alguien que no busca historias sino sensaciones, palabras para esas sensaciones. De algo hay que escribir, piensa Cautiva, y primero debe sentirlo. Además, es evidente el simbolismo de su nombre: si de algo se siente subyugada es del cúmulo de sensaciones que como escritora puede llegar a experimentar. Y de eso no hay remedio. Por eso está aquí, borrosa y mareada, ante los pequeños ojos del recepcionista.
Quiero una habitación doble, la voz de Cautiva es tan delicada como el vuelo de las gaviotas. No, esa voz es la de Alondra, Cautiva se corrige. Quiero una habitación doble, la voz de Cautiva es cerrada y misteriosa, masticada apenas entre el borde de la lengua y de los dientes.
Con un movimiento de los ojos, el recepcionista muestra la lista de precios colgada en la pared, mientras extiende en el mostrador una hoja de registro. Cautiva escribe su nombre. Duda en el apellido. Si tuviera un padre, supone, el asunto estaría resuelto. Cautiva López. Cautiva Sánchez. Cautiva Cisneros. Ya está: Cautiva escribe Danieri como apellido, eso le da un aire de sofisticación.
El recepcionista le entrega las llaves y el control de la tele, y la hace firmar un vale: por si se pierden las toallas, por si utiliza el servibar, por si desaparece el control. Absorta en sus pensamientos, Cautiva firma como Alondra y toma el control de manera automática. Camina al elevador y antes de abordarlo se dirige al recepcionista: Espero a tres hombres, haga el favor de darles el número de mi habitación.
A Cautiva le asombra la naturalidad con la que puede decir las cosas: espero a tres hombres es lo mismo que decir tengo hambre, se está haciendo tarde o no tengo dinero, no hay nada de malo en eso. ¿O sí? Palabras, simples palabras. Después de todo, Cautiva necesita palabras, no ideas. Un poeta dijo: la literatura se hace con ideas. Otro poeta le contestó: la literatura se hace con palabras. Cautiva siempre le da la razón al segundo. Y si ya antes fracasó al intentar escribir la vida sexual de esa caricatura azul, pequeña y femenina, como tratado biopsicosocial y eróticofantalibidinoso de la mujer, ¿qué hay de raro en que ahora llegue a un hotel para esperar a tres hombres, que tenga el valor de decirlo al recepcionista sin que su voz vacile y sin que ningún gesto de su cuerpo la traicione?
¿Qué hay de raro?, insiste Cautiva.
Ella podría escribir justo en este momento que Cautiva espera a tres hombres. Como la santísima trinidad: padre, hijo, espíritu santo (je). Cielo, tierra, mar (je). Paraíso, purgatorio, infierno (je, je).
Al entrar a la habitación, lanza el control arriba de una mesa. Tambaleante, pasa frente al espejo sin mirarse y se sienta encima de la cama. Todos los hoteles tienen un aire de vulgaridad, reflexiona, y ese, precisamente, es su encanto. Por ejemplo éste: ¿a quién se le ocurriría un estampado de girasoles en la colcha a juego con las cortinas? ¿Y un triste girasol de plástico en la mesa sin lámpara? ¿Cuántas personas han pasado por este cuarto? ¿Cuántos han dormido en estas sábanas?
Alondra (backspace). Cautiva navega entre tanta pregunta. Piensa que un hotel es como un libro sin abrir: al interior, millones de cuerpos paralizados esperan al lector para cobrar vida. Aquí también, en este cuarto, concluye Cautiva, miles de sensaciones están atrapadas, esperando que alguien les llegue a dar vida. Al fin y al cabo, esa es la verdadera y única tarea del escritor. Las cejas de Cautiva casi se tocan, sus ojos se oscurecen. Alondra hubiera escrito: esa es la verdadera y única tarea de un escritor como ella.
Pálida, Cautiva decide bañarse: si está aquí es porque espera a tres hombres, no debe olvidarlo. Y a ella le avergonzaría no transpirar un olor acorde a sus ideas (backspace), a sus palabras. Y que encima los tres hombres fueran tan astutos como para descubrirlo. Si ella fuera Alondra (que, por supuesto, no lo es) escribiría que su cuerpo, que toda entera, huele a manzanas. O a canela. Pero no. Ella sólo puede escribir que huele a literatura, aunque no tenga la menor idea de lo que significan sus palabras.
Descalza, Cautiva se dirige al baño. Deja abierta la puerta. Más de una vez, sus pies pequeños y orgullosos han sido objeto de elaborados elogios y acciones inusitadas. Un hombre le hizo el amor a mi pie, recuerda Cautiva. Un hombre se cogió mi pie, sonríe Cautiva. Un hombre desvirgó mi pie, piensa Alondra. Un cotonete es a la oreja lo mismo que una boca es al pie. Y el que no lo entienda que busque un cotonete. Cautiva abre la regadera, la emoción que experimenta ante las palabras es similar a la embriaguez.
En tres certeros movimientos se deshace de la ropa y, casi con ternura, toma al jabón entre sus manos. Rosa Venus, Rosa Venus, repite Cautiva como si memorizara una lección. ¿Por qué en todos los hoteles he de encontrarme con el mismo jabón?, increpa, con los brazos abiertos, mirando arriba, como reclamando al techo. ¿Por qué los dioses permiten que yo huela a esto?
Jabón chiquito, dice Cautiva bajando los brazos, acabado de nacer. Y ríe de manera extravagante y alocada. Luego, se mete a la regadera no sin antes regular la temperatura del agua (más caliente que fría) y talla su cuerpo con vigor, frenética y desamparada, como si el jabón fuera piedra que obliga a sangrar pensamientos. Si en un cuento, una acción multiplicada por otra acción es igual a un suma de sensaciones, si y solo si, por lo tanto, resultado, producto, raíz, habría que encontrar la manera de eliminar las acciones para obtener solamente las sensaciones. La historia sería entonces lo elemental susceptible a ser eliminado. Una nueva teoría del cuento. No debo escribir un encuentro con tres hombres, sino lo que ellos me provocan. Y si las acciones (o en este caso el encuentro con los hombres) me preceden o anteceden, es asunto que poco debe importarle al lector, Cautiva reflexiona mientras enjuaga sus piernas.
Como si ahora mismo, continúa con el rostro directo al chorro de agua, pudiera fingir que no espero a nadie, que los hombres no existen o que pronto se volvieron un pretexto, un fantasma. Escribir, por ejemplo: en estos momentos Cautiva tiene dos y sólo dos posibilidades. Opción A: primera secuencia, los tres hombres llegan al hotel a la hora acordada; segunda secuencia, todo desemboca en el exceso. Opción B: primera secuencia, se ignora si los hombres llegan al hotel a la hora acordada; segunda secuencia, todo desemboca en el exceso. Reiterar así lo irrefutable: elegir una acción implica renuncia, mas nunca mata la sensación. Afirmar, por tanto, que mi baño es intrascendente.
Distraída (sí y sólo sí, resultado, producto, raíz), Cautiva olvida tomar una toalla y sale goteando hacia el cuarto. Pronto, el espejo le devuelve la siguiente imagen: es ella, sí, la misma inclinación de las cejas, la misma estrechez de la frente, el hundimiento de los pómulos. Pero casi no se reconoce, casi no se puede ver. Quizá es culpa del vapor, especula, y limpia la superficie con el dorso de la mano. Y el espejo le devuelve la siguiente imagen: es ella, entonces (sí y solo sí, resultado, producto, raíz) es otra.
¿Alondra?
El cuerpo de Cautiva, desnudo y abierto, es un papel donde las sensaciones se transforman en palabras.
Y no es metáfora.
Cautiva no lo ve como Carlos Argentino en el decimonono escalón, ángulo del sótano. Ella lo ve (backspace). Ella lo siente aquí, en su propio cuerpo, quizá por una de esas coincidencias macabras del destino.
Cada sensación son todas las sensaciones, una a una y simultáneas, sin parangón ni tiempo, aglomeradas. Cautiva ve su cuerpo en el espejo y siente que las montañas y los páramos están puestos ahí por una única razón: concebir un universo sensitivo, total y por lo mismo efímero, donde el hombre se ha visto sólo a través de parcialidades. Al principio, Cautiva se percibe como una esfera giratoria cuyo diámetro se extiende a los cuatro polos del universo. Pronto se da cuenta de la ilusión: el espejo donde se refleja hace las veces de un objeto infinito al refractarse en el contacto de su piel.
Cautiva cree que si cierra los ojos todo volverá a su antigua normalidad y podrá seguir afinando sus hipótesis. Cierra los ojos, los abre y continúa ahí. Alondra también continúa ahí, mas ella conserva los ojos cerrados. Cada sensación (el llanto de un recién nacido, digamos) son incontables sensaciones que Cautiva puede avizorar. El baño de los mares, la mortecina luz de las tardes. Percibe su cuerpo oloroso y apretado contra otros cuerpos al interior de un vagón del metro en Colombia, experimenta el fracaso de la paloma cuando es expulsada de su refugio gárgola de Notre-Dame, la primera mirada de Adán ante la desnudez de Eva, el aliento de la serpiente, la mordida a la manzana.
Alondra esconde la cara entre su cabello, mientras Cautiva siente el rubor de Dafnis ante Cloe, la sed del vampiro encima del buey, el calor del desierto. En su espalda transitan las caricias de los hombres y en sus senos la legión de los jadeos. La falda caída, el grito de un soldado en la batalla, el muslo adolorido de una niña.
Al ver a una mujer negra de extraña indumentaria, Cautiva revive los primeros besos que su primer amante depositó en su primer vientre, el mismo respirar bajo y suave, el mismo trepidar. Alondra inclina la cabeza, se esconde aún más. Cautiva siente la lluvia, el cigarro, el lodo, el espanto. Se vuelve pez, fuego. Árbol y tumor, eructo y llanto.
Cautiva es la pierna que falta al mutilado. El dolor en el oído. La muela con ponzoña. Es la frialdad de su cama sin ella. El sudor de los caballos. La acariciada bola de cristal. Alondra se desdibuja y Cautiva palpa batallas, campos devastados, ciudades. Laberinto, biblioteca, libro, letra. Es el espasmo de Rimbaud y la mueca de Newton. También, el desconcierto de Alicia.
Por último, una caricia como de violetas a lo largo de su pie le dice que una mujer asiática fue ultrajada como ella, por el pie. Recibe así el movimiento de la sangre al interior de sus venas, el engranaje de sus sentidos. Una sensorial e inconcebible totalidad.
Exhausta, Cautiva se ve en el espejo y descubre que el rostro de Alondra es apenas un punto perdido en el espacio. Luego, con infinita admiración y complacencia, se tumba en la cama, excitada, pensando en las historias que pronto escribirá.
En silencio, Alondra sale del cuarto. Cuando baja del ascensor, ve que tres hombres preguntan algo al recepcionista.
 

Copyright 2007 ID Media Inc, All Right Reserved. Crafted by Nurudin Jauhari