LA VENTA



Destazatextos:


Sección en la que agarramos a un autor de nuestro puerquito y le pasamos cuchillo a su texto.






Por Renato Rodaigne





Ilustración:
Ciego y su perro bravo fiel. Geroca.






Pasamos por tiempos difíciles. Yo, Edith (mi mujer) y Andresito (nuestro hijo). Hace cinco años gané mi primera beca y decidí que la pintura era mi vocación. Dos años después volví a ganarla, así que salí de la lujosa casa de mi padre dando un portazo y me fui a rentar con Edith un departamento en la colonia Roma.
Me extendieron la beca por dos años con la promesa de extenderla hasta un tercer año. Edith es profesora de química en una preparatoria, gana por hora, daba muchas horas de clase. Llevábamos una vida desahogada. Los sábados íbamos al cine, los domingos al teatro y hacíamos el amor todos los días. Yo estaba lleno de energía y no paraba de pintar. Mi mujer quedó embarazada, a los ocho meses le dieron su cuarentena con gastos pagados. Teníamos más tiempo para estar juntos. La vida era un closet de puertas abiertas en donde se acumulaban logros y prosperidad. Pero un día las puertas se cerraron con triple cerrojo y no se dejaron abrir ni a putadas.
La promesa de un tercer año becado no se concretó. Mis cuadros no se vendían y por si fuera poco la preparatoria en la que trabajaba Edith entró en crisis, recortaron a la mitad las horas de los profesores. Al principio nos dábamos de abracitos diciéndonos que era algo pasajero. Pero las cosas empezaron a ponerse peores. Nos mudamos a un cuarto de azotea en la Anzures. No teníamos ni para comprar condones. Cada veintiocho días estábamos con el Jesús en la boca, luego llegaba la menstruación y respirábamos tranquilos hasta que recordábamos que teníamos que comprar las toallas sanitarias. Cómo no había ni para los pañales de Andresito, él se paseaba por el cuarto con el culo al aire. Los pocos amigos que tenía comenzaron a evitarme y tenían motivos. Cuando llegaba a encontrarme con alguno en la calle, antes de saludarlo le pedía cincuenta pesos. Cada día me ponía más flaco, Edith estaba tan estresada que dejó de lubricar, se acabó el sexo y dejamos de preocuparnos por un posible embarazo.
Yo cargaba todos los días con mis cuadros e intentaba colocarlos en galerías, pero nada. Otros días me iba con mis cuadros a visitar conocidos y se los empeñaba por cualquier cosa, con eso pagábamos la factura de la luz o la del agua. Apenas alcanzábamos a subsistir. Un día me quede sin cuadros que empeñar; Nos cortaron el suministro eléctrico a Edith le salieron jiotes en la cara y a mí comenzó a caérseme el cabello. Lo más sano era que buscara trabajo en cualquier cosa, pero no lo hacía. Cuándo Edith regresaba en la tarde, yo salía a la calle con el pretexto de buscar trabajo, pero me iba a meter al departamento de Fernando Olvera.
Fernando vive en la calle de Ayuntamiento, es un hombre muy delgado, muy moreno y muy chaparro. Su madre le heredó el departamento al morir. El lugar está atestado de muebles antiguos y destartalados, todo el maldito departamento huele a miados de gatos, aunque no hay gatos. Cuando murió su madre él simplemente dejo de alimentarlos, así que los gatos se fueron a ganarse la vida a otro lado. Fernando se pasa los días postrado frente a su piano e intenta escribir partituras, normalmente sólo se frota la nuca. Cuando las cosas comenzaron a ponerse mal calculé que lo último que querría ver Edith era un marido jugándole al artista. Así que le pedí a Fernando que me dejara pintar en su casa. Me hizo un espacio entre el piano y la ventana que da al cubo del edificio, desde allí se puede ver parte del cielo con sus nubes y las piernas de las vecinas cuando suben las escaleras. Me mudé con el caballete, el último de mis lienzos y mis acuarelas. Conforme iba acabando la pintura se iban terminando las acuarelas. Así que visitaba amigos pintores y parándome frente los cuadros en que estaban trabajando fingía admiración, les halagaba, mentía diciéndoles que la forma en que mezclaban los colores era sublime y otras bobadas por el estilo, los minaba a base de lisonjas, así que cuando distraídamente les pedía una barra de acuarela ellos no sabían negarse.
Un viernes terminé de pintar mi cuadro, Fernando se acercó a verlo y dijo -Es bueno, muy bueno. La pintura en cuestión es un autorretrato de familia; De fondo están las paredes grises del cuarto de azotea, en primer plano un caballete sobre el que pinto furiosamente, detrás está Andresito gateando desnudo y al fondo Edith con el cabello revuelto por el sueño me observa desesperada. Después de ver la pintura por varios minutos pensé que había desperdiciado el tiempo, me imaginé empeñándola por cualquier cosa.
El sábado enfermó Edith, la llevé al seguro social y allí nos dieron algunos medicamentos, nunca le había visto tan enferma. Llegué a pensar que podía morirse, entonces sentí miedo. Intenté imaginar como sería las cosas si me hiciera cargo yo solo de Andresito, no podía ni imaginarlo. Recordé las palabras que dijo Edith una semana atrás -Llevas dos meses buscando trabajo y nada ¿Por qué no haces caricaturas en Chapultepec y se les vendes a la gente?
Esperé a que Edith se durmiera, cuando lo hizo busqué materiales en los cajones. No había nada. Fui a la casa de Claudia Barcenas a pedirle prestados carbones y hojas. Mi relación con Claudia siempre ha sido extraña. Fuimos compañeros de generación en la Escuela de Artes Plásticas. Compartíamos una envidia equitativa. Yo la envidiaba por su habilidad para relacionarse y vender sus pinturas. Ella envidiaba que yo hubiera conseguido no sólo una, sino tres becas. Cuando Claudia abrió la puerta no pudo disimular su alegría de verme hecho una mierda. Me invitó a pasar. Me pidió detalles de mi situación. Yo le dije todo, mi orgullo comenzaba a importarme un carajo. Incluso llegué a pensar en ir a pedirle ayuda a mi padre, pero de sólo imaginar su rostro de autocomplacencia fue suficiente para disuadirme. Ella escuchaba y fingía interés. Claudia tiene muy buena pierna, morenas y firmes. Pensé que en circunstancias distintas habríamos sido buenos amantes. Seguí hablando y ella seguía simulando interés. Al llegar a lo de los carbones la muy perra soltó que no tenía uno solo y ni hablar de dinero, tenía las deudas hasta el cuello. No dije nada, sólo mire su Calvin Klein en su muñeca izquierda y luego miré sus cortinas de muselina. Cuando ya salía de su casa con el rabo entre las piernas Claudia se ablandó. -¿Tienes alguna pintura?-dijo. –Sólo una -contesté. Me explicó que una norteamericana que acababa de llegar a San Miguel Alegre estaba interesada en comprar pinturas de jóvenes artistas del tercer mundo. Tráeme unas fotografías de tu pintura-dijo. Le expliqué que ni cámara tenía. Me prestó la suya. Al día siguiente regresé con un par de fotos, Claudia las subió en su computadora y las envió por email.
El martes Edith estaba repuesta y se fue a trabajar. Esa tarde fui a ver a Claudia. La gringa está interesada en comprar tu pintura, sólo que quiere verla en vivo –dijo. Y Luego dijo; te recomiendo que vayas a verla lo más presentable que puedas. En la noche hablé con Edith y le confesé todo. Contra todos mis pronósticos se lo tomó con calma, incluso me ofreció el dinero destinado a la comida de la semana para que comprara el boleto de autobús. Yo desconfiaba de todo. Supuse que a la gringa no le interesaba comprar nada, a lo mejor sólo quería regresar a su país y decir que había conocido a tales y cuales artistas, que había visto tales y cuales obras. Después supuse que no existía ninguna gringa, que no existían la calle, ni el número que Claudia me había apuntado en un papel, incluso hubiera dudado de la existencia de San Miguel Alegre de no ser por qué allí tengo enterrada a mi abuela. Supuse que todo era una jugarreta de ella, por el puro gusto de verme más hundido. Supuse que Edith me había ofrecido el dinero sólo para desembarazarse de mi presencia. Supuse que no vendería nada, que no conocería ninguna gringa y que al regresar a la ciudad de México me encontraría con un cuarto de azotea vacío. Pero pese a tantas suposiciones, supuse que no tenía mejor opción. Compré un boleto de tercera clase y desempolvé el traje y los zapatos.
En la mañana me puse traje y corbata, sobre la mesa estaba el lienzo envuelto en periódicos, como no tenía dinero para enmarcarlo lo pegué sobre una hoja de triplay. Me agaché para abrocharme los zapatos. Edith me observaba. Me incorporé y tomándola en mis brazos le dí veinte o treinta besos, después inclinándome sobre la cuna le dí de besos a Andresito hasta despertarlo. Me volví a Edith y le dí otros tantos besos antes de despedirme. Cuando cerré la puerta pensé que era la última vez que los vería. Dos cuadras abajo tomé un microbús para ir a la terminal de autobuses. Al subir la punta de mi zapato golpeó con el filo de un escalón y mierda que se desprende media suela. Bajé del microbús después de cinco cuadras y me fui andando a la casa de Julio Romero. Daba un paso y mi pie tocaba la suela, daba otro y mi pie tocaba el suelo. Cada vez que mi pie tocaba el suelo recordaba lo precario de mi situación y cada vez que tocaba la suela sabía que mi última oportunidad era vender esa pintura que traía bajo la axila. A eso se había reducido todo, a la posibilidad de mantener mi pie alejado del piso. Vender la pintura era la única posibilidad de mantenerme a flote.
Me abrió la madre de Julio, él había salido a una conferencia o algo así. Luego vio mi zapato y dijo -¿Pero que te ha pasado muchacho? Intenté explicarle pero mi voz se quebró y me puse a gimotear. La mujer se fue a meter a una habitación y salio de ella con unos mocasines negros en la mano. Me los probé, se sentían apretados, pero se me veían bien. Me fui a parar delante de un espejo de cuerpo entero que había en la sala. De no ser porque tenía los ojos colorados por el llanto, bien hubiera pasado por banquero o abogado. La mujer metió la mano en su monedero y me extendió un billete. Lo tomé y lo guardé en el bolsillo de mi saco, casi me pongo a llorar de nuevo.
Gasté el dinero que me dio la madre de Julio en el taxi que me llevó a la terminal. El trayecto fue un tormento, hacía un calor infernal y el autobús daba tumbos de un lado a otro, las ventanas estaban bloqueadas así que no había oportunidad de dejar que entrara un poco de aire fresco. La atmósfera se fue llenando de aromas a frituras y tortas de milanesa. A medio trayecto un niño se cagó en los pantalones y la fetidez de la mierda predominó sobre los otros hedores. Yo sudaba como cerdo a pesar de que soy flaco como lombriz. Los zapatos me apretaban y mis pies comenzaron a punzar. Intenté quitármelos pero la piel de los zapatos se había adherido a mis calcetines, jalé con fuerza y escuché como se comenzaban a desgarrar las costuras. Dejé las cosas como estaban.
Las calles de San Miguel Alegre son hermosas y empedradas, en cambio las suelas de los mocasines son muy delgadas, cada paso que daba me dolía como piquete de avispa. Por suerte en algún momento mis pies a base de tanto dolor quedaron insensibles. En un puesto de periódicos pregunté por la calle Aldama, el encargado dijo que caminara tres cuadras para arriba, después una a la izquierda y luego dos para abajo y que allí estaba la calle. Me metí en un baño público, pagué tres pesos. En el baño me eche agua en el cabello, me peiné y me arregle la corbata, Salí de allí ordenado y pulcro como un magnate. Afuera se me acercó un anciano andrajoso, un mendigo que me pidió que le regalara una moneda. Metí la mano en la bolsa de mi saco y le dí los dos pesos que me quedaban. Casi se ofende. El viejo tomó la moneda, me lanzo una mirada airada y se fue caminando calle abajo. Me quedé observando al viejo hasta que se perdió en la lejanía, después pensé que si no conseguía vender la pintura tendría que ponerme a pedir limosnas. Imaginé la cara de sorpresa que pondría el mendigo y me puse a reír como un loco.
 

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