Vigilia

Por Liliana T. Jiménez Mota



Papá aparece en la puerta
sostiene una caja de dulces
su muñequita duerme entre sábanas blancas
y una lámpara con cabellos de luz amarilla,
[como si las hadas nacieran ahí]

Papá besa la frente de muñequita
[ella sueña con nubes y unicornios]
Muñequita despierta
hay dulces a un lado de la almohada.

Mamá dice que él siempre está ahí
en las noches para vigilar que los unicornios
vayan al lugar donde pertenecen.

Mamá no suelta a la muñequita, la sostiene de la mano
[papá tocaba la guitarra
para que durmiera cuando estaba
dentro de ella
como una semilla de manzana]

La muñequita ya no duerme.
Papá no habla
no encamina unicornios
no hay dulces.
Papá no está.
Muñequita lo busca.

Mamá dice:
Papá se fue por entre las nubes como unicornio,
el camino es largo.

Muñequita espera.

Margaritas a los cerdos










Gabriela Burín









A Juan, sus padres le habían enseñado desde pequeño a ser un verdadero cerdo. Eran muy estrictos con él. Le recordaban a cada instante lo que un verdadero cerdo debía hacer a la perfección: Revolcarse en la basura y oler mal. Y esas eran justamente las dos cosas que mejor le salían a Juan.De a poco, se había ido convirtiendo en el más cerdo de todos los cerdos. Claro que esto le demandó mucho esfuerzo y dedicación. Años enteros de estudios, hasta lograr que su olor sea único e inimitable. Nadie más olía como él, en toda la pocilga.Tampoco se revolcaba como los demás: Él mismo había inventado cincuenta nuevas maneras de echarse en la basura. Una más extravagante que la anterior.Había ganado innumerables premios y medallas: “El Mejor Cerdo”, “El Cerdo del año”, “El Cerdo de Honor”. Sus padres estaban realmente muy orgullosos.Hasta que un día, algo inesperado ocurrió. Juan se había enamorado.Se llamaba Josefa. Era rosada y lustrosa. Como un chanchito de alcancía.Cuando sus padres se enteraron, pusieron el “oink” en el cielo: “¡Su hijo! ¡Con una cerda limpia! ¡Nunca lo hubiesen creído!” Intentaron convencerlo, de todas las maneras posibles, de que no era la cerda para él. Pero no los escuchaba.Al poco tiempo, Juan invitó a Josefa a cenar con sus padres. Cuando llegó, se taparon la nariz. “Demasiado perfume"- dijeron. Pero ella no se dio por vencida. Acomodando su vestido blanco, se paró en una silla y les leyó una poesía.¡Oink! Gruñó la madre. Ni bien terminó, se puso sus zapatillas de danza y bailó por todo el comedor, agitando sus tules y dando saltos por los aires. ¡Oink! Gruñó el padre. Todos cenaron sin hablar.Para el postre, Josefa les tenía preparada una sorpresa.(Ilustración: Josefa cargando una torta enorme con la cara de Juan, rodeada de corazones).¡Tanto amor había plasmado en esa torta! ¡Horas y más horas de trabajo! Los padres de Juan quedaron encantados. “¡Una cerda tan simpática! Siempre te lo dijimos, querido.”Y es que ya no les preocupaba tanto que su hijo fuera el más cerdo de todos los cerdos.Era el cerdo más feliz.¿Si se convirtieron en cerdos limpios? ¡No! Siguen igual o más cochinos que antes. Pero en las cenas familiares, ahora ponen servilletas.






*Este cuento forma parte de la colección "Marusiñas", del sello editorial Siete Vacas, de la Editorial Norma. Con ilustraciones de Pablo Tambuscio.

LA VOLUNTAD DE MARCHARSE



La voluntad de Marcharse (Premio Nacional de Cuento Inés Arredondo 2007) del escritor Sinaloense Eduardo Ruiz. Recién publicado en la editorial Tierra Adentro y que fue presentado en diversas partes del país.



Al respecto, una nota de noroeste.com del 29 de noviembre pasado, donde se habla de la presentación del libro de este joven autor.




Cuando Eduardo Ruiz escribe y llega el momento de corregir, imprime sus textos, los lee en voz alta y entonces se detiene en cada línea, cada frase y cada palabra. La pulcritud en el lenguaje es lo más importante en su literatura.
Tal vez por eso, La voluntad de marcharse ganó el Premio Nacional de Cuento Inés Arredondo, el año pasado, y que ahora, bajo el sello de Editorial Tierra Adentro, presentó a sus paisanos en el Casino de la Cultura.
"Fue complicado trabajar en correcciones, porque cuando terminé el último cuento, de 20 páginas, me daba flojera porque era muy largo y para corregir soy muy concienzudo, debo detenerme en cada frase, cada línea y cada palabra", contaba sobre La voluntad de marcharse.
"Las últimas fueron a finales de 2006, esperando el dictamen del premio siguió trabajando, durante el proceso de edición también, Trato de ser muy detallista a la hora de corregir".
El comentarista fue el narrador Élmer Mendoza, quien a manera de charla cuestionó a Ruiz sobre el proceso de creación, las lecturas y la decisión de los finales.
Ruiz confesó que cuando escribe tiene que leer mucha poesía, como la de Gonzalo Rojas y Panero, para poder entender el uso del lenguaje.
El autor de Balas de plata destacó su gusto por la internacionalidad de los personajes de Eduardo, la historia de escritores que presenta en el último de los 11 cuentos así la pulcritud de su escritura, pero le llamó la atención que todos tienen un aire poco juvenil.
"Son textos que igual pudieras tener 20 años más ó 30 ó 40, y estoy hablando de la calidad del trabajo, que no hay pifias, del cuidado de la prosa, tienen un aire de insuficiencia que me encantó", le dijo.
Eduardo, de 25 años, comentó que ya está acostumbrado a que todos le calculen más edad y trató de explicar ese "aire adulto" en sus escritos.
"Cuando entré al taller con Élmer todos eran mayores que yo, y uno aprende de los mayores, de las experiencias vitales de su camino, muchos de mis amigos tienen 40, 50 ó más. Y este asunto de escarmentar en cabeza ajena quise hacerlo", explicó.
"Cuando vamos a congreso de Sinaloa, la intención juvenil en narradores jóvenes mexicanos es muy notoria en esa voluntad de contar sus vidas, como si fuera la de alguien que vivió 100 años y vio el cometa Halley dos veces y la mía no es nada interesante: voy al café y estudio".
Entonces, concluyó, ese aspecto tiene que ver con sus lecturas.
"Hay un decálogo del escritor de Jorge Luis Borges, también tiene uno Horacio Quiroga, Augusto Monterroso, Edmundo Valadez, pero Borges recomienda evitar personajes disímiles, como Quijote y Sancho y yo creo que mis cuentos, por su estructura", dijo cuando Mendoza lo cuestionó sobre protagonistas de ese tipo que aparecen en sus cuentos.
"La ruptura del personaje no puede ser a partir de sí mismo, tiene que haber algo externo para formar esa especie de familia disfuncional que hace que uno salga maltrecho de la relación".

EL AUTOR
Eduardo Ruiz nació en Culiacán en 1983.
Estudió Ingeniería en el Instituto Tecnológico de Culiacán.
Ha participado en talleres de lectura y escritura.
Vive en Barcelona desde 2006, donde estudia un Máster en Historia de la Ciencia.


 

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