LA PISTOLA

Nada más observando. Patricia Márquez.
Óleo
60 x 120 cm.
2004


Por Esther Tirado Soriano


Julio de 1957. El avión cobra altura a gran velocidad rasgando el azul transparente e internándose en la suavidad cambiable de las nubes. Trato de relajarme y sacar la tensión y el cansancio resultantes de haber anticipado mi ponencia en el congreso. Quiero robarle un día a la jornada de trabajo, para dedicarlo a mi esposo e hijos que tanto reprocharon mi abandono. Lo dedicaré completo a hacerlos felices, a complacer sus gustos y caprichos. Así me liberaré totalmente de culpa. Estoy deseosa de llegar y sorprenderlos. Abro mi bolso para empolvarme la nariz y mis dedos rozan la pistola que mi marido me obligó a llevar conmigo por seguridad. Me pone nerviosa haberla aceptado. Me apoltrono en el asiento, respiro profundo, me adormezco.

Después de comprobar el sueño tranquilo de los niños. Abro la puerta de nuestra recámara y prendo la luz. Como un rayo la visión me fulmina. Mi marido horrorizado, se desploma sobre el cuerpo de mi mejor amiga tratando de cubrir sus desnudeces. La sorpresa me petrifica pero en mi interior los sentimientos ultrajados matan de modo fulminante un amor que creí indestructible. Yacen inertes mi fe, seguridad, deseo de vivir. Siete años de matrimonio, dos hijos y la pasión que me juraba, no le impidieron mancillar nuestro hogar. ¡Maldito! Saco la pistola de mi bolso de mano. Magdalena repta por mis piernas, cómo víbora que es; llorando pide clemencia por sus hijos. ¿Acaso pensó ella en los míos, en que destruía un hogar y varias vidas? Héctor, de rodillas, jura por su honor amarme sólo a mí, será mi esclavo fiel. ¡Su honor me da náuseas! “¿Desde cuándo?, vocifero, ¡Quiero la verdad!” Las bocas enmudecen, se cruzan las miradas. Apunto el cañón de mi arma a sus cabezas. Las palabras, descaradas, se precipitan por torrentes. Se las arrebatan. Se atropellan, culpándose mutuamente... Sus voces mancillan mi dignidad y emponzoñan mi temperamento, robándole luz a mi cerebro. La furia cubre de rojo mi mirada. Disparo una vez, dos veces, tres...

La noche ha caído sobre la ciudad, su manto de lentejuelas brilla ante mis ojos con iridiscentes fulgores, atenuando la penumbra. El coche avanza rápidamente. Llegaré en cinco minutos. En mi bolso descansa la pistola...

 

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