La sangre fría

Paisaje Urbano. Patricia Márquez.
Técnica mixta
100 x 110 cm.
2004



Por R. H. Cooper




¡Ah, es que aquello fue un crimen muy famoso, muy comentado! Hasta vinieron aquella vez los de la tele y me preguntaron. No pos yo ni supe qué decir. Cuando le ponen a una la cámara en la cara pues se le olvida hasta como se llama; todo se va en estar pensando si se verá bien y si lo irán a ver los compadres.Pero aquello fue muy feo, nadie se imaginaba que fuera a pasar. Nos sorprendió la sangre fría con la que el asesino había actuado. Si tan tranquilo que había sido siempre el barrio. Ese día, cuando encontraron el cuerpo de Juanito, el hijo de doña Silvia, todos nos quedamos bien espantados. Si tan bueno que parecía ser, pero así piensa uno de los pobres chamaquitos que tiene papás mendigos.Luego luego pensaron que se había tratado de un viejo cochino, de esos que encueran niños y después les hacen cosas feas para terminar aventando los cadáveres al monte. Pues cómo no imaginarse eso, si a Juanito lo encontraron en el baldío de la esquina, entre los matorrales, bien sucio, hasta sin zapatos.Como tres días la policía anduvo buscando al asesino, o los zapatos; a ver que salía primero. Hasta fueron a la escuela primaria para ver si alguien sabía algo. Pues no les va diciendo a los policías Pablo, un niño que ni amigo era de Juanito, que él había visto al vago que duerme debajo del puente ahí por donde encontraron el cuerpo. Pues la policía le creyó, y se fueron detrás del viejo ese que vivía en el río, abajo del puente.Nombre, si a la semana tuvieron que soltarlo, no le pudieron comprobar nada. Los más afectados por eso fueron los papás del pobre niño. No había a quién castigar por el homicidio y ya llevaban 10 días sobre lo mismo. Llore y llore a la hora de la misa, pero bien que se aventaba sus gritotes fuera de la iglesia. ¡Hay, la venganza, como es! Si bien dicen que es un veneno, que mata el alma.Pero no acabó ahí todo, ¡que va! El vagabundo le dijo algo a la policía y lo siguieron como una pista. Si ya lo habían dicho unos amigos de Juanito, en la primaria, pero a los niños que dicen cosas así pues quién les cree. Dijo el viejo ese que en la noche que pasó por ahí vio a un muchachito en la calle, muy tarde para andar despierto. Y que al verlo, pos se espantó y corrió como alma que se la lleva el viento.Pos donde iba uno a creer que un niño fuera capaz de matar a otro, no, que va. El asesino debía ser un sujeto con mucha sangre fría, con antecedentes, un enfermo, un depravado sexual o algo así; pero un niño no podía ser. Pues es lo que tenían diciéndole los amiguitos de Juanito a la maestra ya días. Ella nomás les decía que no dijeran eso, porque iban a mortificar a la mamá. “Ya agarrado a aquél pelado”. Todo mundo pensó que había acabado el cuento, pero cuando lo soltaron pues los niños siguieron con lo mismo. “Pablo y Juanito se habían peleado el día anterior”, decían todos.Y pues decidieron que había que ir a la casa de Pablo a comprobar las habladas. Y si, si se habían peleado, había un testigo, mamá de un compañero de Pablo. La única forma de relacionarlo era que tuviera los zapatos de la victima, porque arma no creían que hubiera. Así, rápido, sacaron que tenía que haber muerto de un buen golpe en el cráneo, dado con una piedra, y pues donde lo hallaron había muchas, así que no se investigó si alguna tenía huellas digitales. El occiso había salido a la papelería por la tarde y no regresó; la mamá supuso que estaba en su cuarto haciendo tarea. El cuerpo tuvo que haber sido llevado por la noche hasta aquél baldío, porque de día cualquiera lo hubiera visto y eso no sucedió.Pablo, por su parte, que no iba en el mismo salón de clases que Juanito, ni enterado estaba de lo que decían de él. La pelea que habían tenido un día antes era cosa de niños, pensaban los adultos. Además de que Pablo era un niño muy serio, tenía muy pocos amigos y jamás se andaba metiendo en problemas. Ellos dos apenas y coincidían en algo, aunque recientemente había llegado Juanito a convivir mucho con algunos amigos de Pablo y a veces iba a casa de uno de ellos, de Luis, donde todos se reunían por las tardes, después de comer.Cuando llegaron los agentes a casa de Pablo y hablaron con los papás de éste, los hicieron pasar para que buscaran los zapatos, pero no encontraron nada. Luego le hicieron preguntas a los papás y al niño por separado. Todos coincidían en que éste regresó a casa después de la pelea y no salió por el resto del día. Le contó a su mamá del problema que tuvo con el niño asesinado, a quien todos en la familia lo tenían por un abusivo. No era la primera vez que molestaba a su hijo, y se aprovechaba de ser un año mayor. La mamá de Pablo hasta lo había castigado por pelearse, pues había maltratado mucho sus tenis nuevos. El tal Juanito hasta le había quitado dinero en una ocasión anterior y fueron a hablar con sus padres, quienes eran gente muy extraña y también tenían fama de conflictivos, pero éstos se negaron a devolver nada diciendo que le enseñaran a su hijo a defenderse.Pues más difícil se presentaba la situación. Estaban llegando a un callejón sin salida en la investigación. A no ser que encontraran algo nuevo no iba a haber para más. La indignación de todo mundo se hizo notar, andaban pesadas las cosas en aquellos días. Parecía que dieran toque de queda y se recogía la gente y las criaturas temprano en sus casas. “Cuídate de los extraños”, “no hables con nadie en la calle”, y un sin fin de recomendaciones se les daba a los menores esos días.Todo el barrio tomó cartas en el asunto, por las noches había patrullaje vecinal para ver si el asesino no andaba al asecho de nuevas victimas. En más de una ocasión y en menos de tres noches se dieron falsas alarmas, en una de ellas se trataba del velador de la colonia y las demás eran muchachos estudiantes que trabajaban turnos complicados y salían de madrugada. Aún así no se dejó de sospechar de esa gente.Fue entonces que encontraron unos tenis colgados de un cable de luz, pensaron que podía tratarse de los desaparecidos. Un vecino fue el que se dio cuenta de que no llevaban mucho tiempo. Antes de oscurecer trajeron un camión con canastilla, de esos de la comisión, para poder bajarlos y ver si encontraban huellas digitales. La mamá de la victima los reconoció como los tenis que llevaba su hijo el día de su desaparición. Inmediatamente se dieron cuenta todos que los tenis estaban en muy buen estado, así que debían haberlos colgado apenas uno o dos días atrás. Nuevamente el asesino actuaba frente a sus narices y nadie podía pescarlo. Detrás del camión se iba la policía con la evidencia. Ahora si iban a saber quien fue el despiadado asesino. Se le ocurrió a uno de los presentes decir que podía estar ahí mismo, entre ellos, como en las películas. Ese comentario fue una bomba, nadie rió, ni la menor mueca se dejó ver en sus caras, todos pelaron nomás los ojos y se fueron viendo uno por uno lentamente. Agarraron para su casa despacito y la calle se convirtió en un desierto toda esa noche.A la mañana siguiente se presentó el culpable ante los agentes que investigaban el caso, tuvo miedo de que vieran que las huellas digitales de los zapatos eran mayormente de él, había confesado a sus padres lo que había hecho. Tuvo miedo que se dieran cuenta que los tenis colgados ahí eran los que le habían comprado aquél día. Ese había sido el motivo del pleito, llevó sus tenis, aún en la caja de la zapatería, para presumirlos a casa de su amigo Luis, donde se reunían a diario. Al mismo tiempo llegaba Juanito, vio que llevaba una caja y se la quitó, sacó los tenis y al ver que eran iguales a los suyos, se los arrojó a un cable de luz y quedaron amarrados ahí. Lo agredió enojado por lo que había hecho, pero Juanito era más grande y no pudo hacerle nada. En eso salió la mamá de Luis y los corrió de ahí por peleoneros.Fue cuando pensó en vengarse, siguió a Juanito rumbo a su casa y cuando pasaban por el baldío, tomo una piedra y lo golpeó en la cabeza, lo tumbó de ese solo golpe, estaba muerto. Lo arrastró hasta un montón de basura que había en el baldío y lo cubrió lo mejor posible. En la noche salió de su casa sin que nadie lo notara, regresó hasta donde estaba el cuerpo para dejarlo más a la vista, para que lo encontraran fácilmente. Lo más sorprendente fue saber de la sangre fría con la que había actuado Pablo durante todos esos días. Los zapatos de Juanito los trajo puestos mientras todo mundo los buscaba.

Los viajeros

La pobreza no es vileza.
Patricia Márquez.
Técnica mixta
80 x 100 cm.
2003





Por Hugo Plascecia Madrid




He mirado a los viajeros
tragarse el filo de las banquetas
y cantar con la garganta en el asfalto.
pero los viajeros no tienen estación
En sus sombreros de mago
cargar la copa rota en metáforas de luna.

Los he mirado en la lágrima de la náusea
apretando recuerdos en el puño de una hoja gillete
en el centro del hígado como pulmón canceroso
en la mano del que tuvo menos suerte
mano de boxeador que acaricia.

Los he mirado en su rol de locospoetasviciosos
tajantemente decir “no” por gusto
con su sarcástica quijada
en la risa de la golfa,
en sus confecciones de nota roja (donde habitan)
hay metáforas heladas como ácidos,
¿ha sido que nublan la vista como esperma y corroe las entrañas?
los he visto me consta disolverse como el polvo
en el malecón de cabo esperanza masticar un adiós de bienvenida
y tragar vidrios en botella las cincuenta y dos semanas
que sumados 5+2 =....... dan los días de cada una
sin perdonar el año bisiesto.
bis
incesto
¿y esto?

Como lobos jauría sitiando a la hembra
hasta so meterse al ver so
dormir con el fuego en los labios
y la sabana encendida en la piel
hasta jubilarse de la esperanza
de cuantos hijos se han ido sin haberlos tenido
en la soledad del mismo puño
tienen la llaga inflama de pensamientos en el pulgar
los mueve el aire etílico de la hembra.

Son el virus que con la enfermedad nos alivia,
el desierto que con la sed se sacia,
el norte que con la brújula nos pierde,
brújula perdida en el bosque de arrabal
como girasol preludio del noctante,
camaleón de dos cabezas
“todo puede suceder esta noche”
el viaje por naturaleza es de las plantas,
los caminos son una vena del desierto
todos los caminos llegan al viaje,
todos los viajes tienen su destino.

Los he mirado como extranjeros nativos
apátridas en países que nunca conocerán
a sabiendas que a la patria nunca se llega
y que la piedras sudan dolor
al pisarlas como flor marchita.

Zapatos tregua del tiempo,
zapatos del mundo,
zapatos que a través del naufragio se pierden en ultramar.

Su historia es la del mormónjudiocristianomultiétnicopederastaargentino
que partió de indocumentado a México.

Los he mirado no reconocer el tiempo en el tiempo,
ausentes estáticos como efímera efigie errante
sudar dolor como piedras de sombra
condenados a vivir lo no vivible,
ahogar el grito de vientre,
¡de que sirve viajar!
siempre se llega a donde mismo
con el equipaje cargado de carbón y azufre
conciliar despiertos el rumbo
jugándosela.

Los viajeros tienen cara de viajeros.

Ellos eructan el quiste fauno,
acampan de día en el sleeping de Morfeo
para por la noche proseguir el camino.

Ellos son el iris de la ira en un ocaso,
los condenados a vivir lo no vivido
ellos son fulano y zutano de tal.

Ahogan el grito en la yugular del aliento.

Trágicos y soñadores hasta los huesos
de amores precarios forjan el destino
como el que vende carne de vaca en la india.

En el alma les rondan las moscas
como en un miembro cercenado,
su corazón es un órgano volátil
alta mente inflamable,
son el emisor y receptor del beso no dado,
en su inventado evangelio de caricias desesperadas
adoctrinan la palabra,
se entregan salvajes y delicados
a la búsqueda del arroyo de agua tibia
que es la antesala del orgasmo.

Su música es la música de los amantes,
de risa, alcohol y silencio,
silencio de cuatro paredes.

Son el espejo de las nubes,
viven en el litoral de la entrepierna,
recorren una y otra vez manejando el timón de la lujuria,
saben que los momentos de pasión
son la aproximación más cercana del ser humano a la inmortalidad.

Tienen piel de presos,
la mirada de gatos enjaulados
adictos a las alturas
equilibristas que se mecen ante el vacío
en el vaivén precipicio del cielo,
para no morder el polvo,
para no morder la muerte,
para no morder:
saben que el fuego es un pájaro con cabeza amarilla de gavilán
cafre con alma de niño que pela la manzana con las uñas y la come
el mundo es esa manzana,
infant con rostro de antifaz
esa máscara es la raza,
saben que cuando la ciudad calla
se escucha caer el mundo
en caída libre.

Acuden a bares de fosa común en días oscuros
como cerveza de barril,
entre meseros que toman nota con letra de doctor
en un ambiente de feria,
hasta que sus vísceras habitan el santuario del silencio
como en un campo santo,
su conciencia es ese bar sin mesas y sillas,
su llanto es el de la minoría como el de las tortugas
donde la lágrima que se derrama es devorada
y no le importa más a nadie,
ellos han elegido el yugo de la creación
fallecer una y otra vez por los otros,
indagar ante las vías del brazo
procesión del tren de la retirada.

Ellos son el autor de la tarjeta postal
que zarpa a la felicidad con el miembro erecto de can,
sabedores de que por el vicio se llega a la virtud.

Los he mirado en falso con espejuelos agudos,
matadores en plaza de toros con estolas litúrgicas,
frente al espejo.

No ha nacido un Goya que pueda trasladar a una pintura ese sufrimiento.

Las batallas

Colgando su ser. Patricia Márquez
Técnica mixta
60 x 120 cm.
2004

Por Gabriela d`Arbel.

El agua tibia de la regadera la hizo entrar en calor. Afuera el frío se pegaba como un tatuaje en los cristales de las ventanas estrechas.
Hacía un año esperaba paciente su llegada. Ifigenia salió de la regadera dejando un casi imperceptible chorro de agua. Aún su piel estaba húmeda cuando un sonido fluvial, desde la tubería previno la llegada. La emoción se reconstruyó dentro de su estómago.
En gotas, por varios orificios, salieron primero sus pies; luego, de un jalón todo el cuerpo. Era diminuto y estaba hecho de agua. Lo único consistente era su cabello lacio y despeinado como alambres finos de cobre. Sus ojos rasgados y azules obligaron a la luz a reflejar un tono marino. Visitaba una vez al año la habitación de Ifigenia. A pesar de ello caminó con cautela, sus pies dejaron huellas cristalinas por todo el piso. Siempre buscaba lo mismo: iba hacia la cama, entraba en el ropero, mientras el vapor generado por sus poros era una extensión de su cuerpo, que invadía cada rincón revisándolo todo.
Ifigenia permaneció inmóvil, con la boca herméticamente cerrada, para que el Akn no se asustara. No lo veía a los ojos por miedo a un encantamiento imprevisto que terminara con el combate. Premeditadamente arrojó una pelota diminuta de goma. El pie líquido del Akn la pateó incansablemente, aumentando con cada salto la agitación del aire, como si se tratara de una turbina. Dejó suspendidas miles de virutas acuosas las cuales formaban remolinos, que paulatinamente desencadenaron una tormenta dentro del la recámara. Ifigenia todavía sin moverse sintió un ahogo por la lluvia que rebotaba violenta en su cara, igual a canicas cristalinas. Pero aun así no cedió. Sin embargo durante uno de los movimientos bruscos, el Akn dejó caer las piedras aguamarinas que guardaba dentro de uno de sus lagrimales; rebotando contra las lozas. Cuando todo volvió a la tranquilidad las buscó contándolas con paciencia. Revisó de nuevo y efectivamente desde hacia una año faltaba una piedra, se había perdido en alguna parte de esa habitación, pero ya no había tiempo para continuar la búsqueda.
Sobre los muebles y las paredes habían diminutos ríos diáfanos, que simulando venas escurrían hasta llegar al piso, los cuales persiguieron al pequeño hasta que volvieron a formar parte de su cuerpo. Caminó molesto hasta el baño y nuevamente en gotas regresó a la tubería a través de los orificios de la regadera.
En la recámara había pedazos de objetos, ropa mojada por todos lados, muebles desordenados y húmedos. Mientras, Ifigenia, todavía aturdida, siguió inmóvil asegurándose que se hubiera ido.
Después de unos segundos, la mujer se acercó al espejo y una sonrisa triunfante definió su expresión, sacó la lengua y en la punta, permanecía la gema azulada y luminosa, dando la sensación de ser un ojo que observaba atentamente su reflejo.

TORMENTOS DE LUNA


Sin título.
Patricia Márquez.
Técnica mixta
60 x 120 cm.
2005



Por Alejandro Campos




El destino del río de piedra que penetra en la hiedra
se aferra a un muro de oscuros lirios
como un brinco de erizo que aturde con un beso
¿qué música busca?
¿qué misterios persigue?

Legendarias posibilidades de pájaros de agua
que fluyen en torno a un cielo que se desbarata

Sus estaciones brotan de los pezones del olvido
Isla perdida y poblada de coléricas almas
Inermes auroras que se pierden en ermitaños mástiles

Noches de verdugos dragones y tormentas con tormentos de luna
Perdido en la extraña fábula de la infancia de fuego
Vagabundea en una viga con rosas en cinta
y se colapsa como rueda que gira y gira

Su historia podría acariciarse
como si fuese el cuello de una codorniz dislocada


Y con su meandro suspiro trae cedros dolientes
y barcas con los rumores de un orbe de sombras

Se ven en sus ojos un fluir de azogue
Doliente espejo del tiempo
Pesadumbre de pez espada
Muerte de jardines en alba
Almena de altas y amargas hojas
que se cuelan en la memoria

Sólo el vuelo de un árbol o su canto
La reconciliación con la raíz interna
lo salvará del polvo degradado.

LA PISTOLA

Nada más observando. Patricia Márquez.
Óleo
60 x 120 cm.
2004


Por Esther Tirado Soriano


Julio de 1957. El avión cobra altura a gran velocidad rasgando el azul transparente e internándose en la suavidad cambiable de las nubes. Trato de relajarme y sacar la tensión y el cansancio resultantes de haber anticipado mi ponencia en el congreso. Quiero robarle un día a la jornada de trabajo, para dedicarlo a mi esposo e hijos que tanto reprocharon mi abandono. Lo dedicaré completo a hacerlos felices, a complacer sus gustos y caprichos. Así me liberaré totalmente de culpa. Estoy deseosa de llegar y sorprenderlos. Abro mi bolso para empolvarme la nariz y mis dedos rozan la pistola que mi marido me obligó a llevar conmigo por seguridad. Me pone nerviosa haberla aceptado. Me apoltrono en el asiento, respiro profundo, me adormezco.

Después de comprobar el sueño tranquilo de los niños. Abro la puerta de nuestra recámara y prendo la luz. Como un rayo la visión me fulmina. Mi marido horrorizado, se desploma sobre el cuerpo de mi mejor amiga tratando de cubrir sus desnudeces. La sorpresa me petrifica pero en mi interior los sentimientos ultrajados matan de modo fulminante un amor que creí indestructible. Yacen inertes mi fe, seguridad, deseo de vivir. Siete años de matrimonio, dos hijos y la pasión que me juraba, no le impidieron mancillar nuestro hogar. ¡Maldito! Saco la pistola de mi bolso de mano. Magdalena repta por mis piernas, cómo víbora que es; llorando pide clemencia por sus hijos. ¿Acaso pensó ella en los míos, en que destruía un hogar y varias vidas? Héctor, de rodillas, jura por su honor amarme sólo a mí, será mi esclavo fiel. ¡Su honor me da náuseas! “¿Desde cuándo?, vocifero, ¡Quiero la verdad!” Las bocas enmudecen, se cruzan las miradas. Apunto el cañón de mi arma a sus cabezas. Las palabras, descaradas, se precipitan por torrentes. Se las arrebatan. Se atropellan, culpándose mutuamente... Sus voces mancillan mi dignidad y emponzoñan mi temperamento, robándole luz a mi cerebro. La furia cubre de rojo mi mirada. Disparo una vez, dos veces, tres...

La noche ha caído sobre la ciudad, su manto de lentejuelas brilla ante mis ojos con iridiscentes fulgores, atenuando la penumbra. El coche avanza rápidamente. Llegaré en cinco minutos. En mi bolso descansa la pistola...

 

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